Querido Manolo:
Se me hace
difícil elegir “querido” entre los adjetivos
que leo sobre ti últimamente. En estos días, la
gente que te conoce dice a la prensa cosas como que tenias un
carácter serio, fuerte pero “ como podíamos
imaginar que iba a “. Los vecinos más cercanos afirman
que vuestra relación era “ normal, nunca escuchamos
nada raro”. Yo sé que no fue así. En el entierro
de Margarita me sentí cómplice. Que irónico,
¿verdad?. Me siento tu maldito compinche y tu- “me
volví como loco, no sé que me paso”- ni siquiera
te sientes del todo culpable.
Siempre fue
así, ¿recuerdas? Tu decías que le dabas demasiadas
vueltas a las cosas y yo, admirado por la pasión que ponías
en cada palabra, te daba la razón. Poco a poco fui tomando
como normal que silbaras a las chicas en la calle y que les cortaras
el paso con uno de tus bestiales piropos aprendidos no sé
dónde. Incluso las amigas más intimas eran para
ti- o eso decías- “cachocarne con ojos” cuyo
único interés era si “tragaban” o no.
Años de militancia con mujeres me salvarían de adoptar
tu macabra filosofía, pero en las contadas ocasiones en
que nos vimos durante aquella turbulenta época, mi preocupación
era más contagiarte de mis ideas que debatir tus disparates.
Al contrario, tus tretas y humillaciones hacia ellas te daban
entre nosotros cierta aureola de prestigio.
Unos años
después volví al barrio y alquile un piso debajo
del tuyo. Coincidíamos en la peña y, una vez, salimos
los cuatros a cenar, Margarita, callada, asentía cortésmente
y tu solo tenias oídos para mi y ojos para Helen. Una noche
sentí ruidos en el piso de arriba, en tu piso, Manolo.
Se oía una conversación violenta, “ in cresendo”.
No era la primera vez. Salí a la terraza, oí como
un cristal roto y un rosario de ayes – “¡Es
Margarita!”, pensé – que me sobrecogió.
Aunque los gritos aumentaban ya sólo se escuchaban la voz
masculina y un llanto continuado. Me sudaban las manos, incluso
hice el gesto de salir al rellano un par de veces pero me sentía
paralizado por la complicidad y por el miedo. Levanté el
teléfono, pensé llamar a alguien pero un portazo
sacudió el hueco de la escalera. Alguien bajaba rápidamente
mascullando maldiciones. Te vi pasar por la mirilla congestionado
y fugaz. Arriba los gritos habían cesado y yo respire aliviado.
Sólo si ponía atención podía captar
un lamento que se apagaba. Dude entre subir a interesarme por
Margarita o bajar a buscarte. Al final me quedé en el sofá
aplastado moralmente. Ni siquiera lo comenté con Helen
cuando volvió a casa, ¡ Sentía tanto asco
de Manolo y ... de mí!.
Hubo más
noches como aquella. Mi actitud contigo cambio. Empecé
a rehuirte – mi segundo error-, esquivaba los bares donde
podía encontrarte y buscaba excusas para no beber “
la penúltima” contigo. Y la verdad es que té
hacia falta hablar. Por días te dejabas ir, tu mirada había
perdido aquella chispa de pasión y te encerrabas en un
cerco de silencio. La última vez que te vi en la peña,
los titulares del telediario anunciaban el asesinato de otra mujer.
“Algo habrá hecho”, dijiste mientras una bandada
de sombras se te posaban en los ojos. Alrededor tuyo, un eco de
asentimientos masculinos te devolvió, por unos momentos,
unas gotas de autoestima. Era tu oscura forma de pedir ayuda pero
yo, una vez más, guarde silencio tragándome las
razones que necesitabas oír.
La última
vez, que vi a Margarita fue unas horas antes de que la apuñalaras.
Me había acostumbrado a verla con sus eternas gafas negras
y la rebeca que llevaba para ocultar las marcas de tu tortura.
Nos hacíamos “el cerco” mutuamente desde aquella
noche. Me avergonzaba mi cobardía y ella, no sé,
supongo que veía en mí al colega de su verdugo.
Subía la escalera a tu casa, a su particular cadalso de
cada día.
Ni siquiera
fui yo quien llamó a la policía al escuchar, “¡
Qué me mata, socorro!” Sólo me atreví
a mirar por la ventana cuando se llevaban el cuerpo de Margarita
en una ambulancia cansina e inútil y tú salías
esposado en otra dirección. Me rompí por dentro,
Manolo. No he podido dormir desde entonces, sueño que soy
el que está en la cárcel, el que da las puñaladas
o quien agoniza en un charco de sangre. ¡Nunca más,
Manolo, nunca más! Nunca más callaré en el
bar cuando otro salvaje como tú justifique un crimen. Nunca
más evitaré su presencia, la de otro manolo como
tú, por no enfrentarme a su violencia. Nunca más
dejaré que otra margarita llore sola en el piso de arriba.
Una parte de mí, Manolo, estará eternamente encerrada
contigo y otra parte murió con ella. La que queda dolorosamente
viva tendrá siempre dos razones para ti y un refugio para
ella. Otros, Manolo, se conjuran para que pagues tu crimen eternamente.
Yo, hoy, sólo puedo llevar crisantemos a Margarita con
la promesa de que nunca, más, volverán a matarla
con mi complicidad.
Lo siento. ¡Nunca más!
Juan