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Han
terminado las elecciones y con ellas (unas-os triunfantes y otros
tristes) una campaña, que a muchas-os les ha hecho dejar
su vida personal a un lado, que nos ha arrastrado a un mar de lucha
por hacer creer a los electores nuestras metas, nuestros ideales
como los mejores. Algunas-os luchábamos por lo que creíamos,
otros-as sólo buscaban una salida y much@s se veían
envueltos en un torbellino del que no se atrevían a salir,
por miedo a fallar a sus compañer@s.
En este complejo mundo cualquier postura personal tiene cabida.
Pero han sido las mujeres, mis compañeras, las que más
han luchado contra viento y marea. Ellas han llevado para adelante
su trabajo, tanto en casa como en la calle, sus hijos, sus obligaciones
familiares con sus mayores y han sido, a pesar de todo, las primeras
a la hora de asistir a reuniones, organizar actos, preparar artículos,
repartir, cualquier cosa necesaria para realizar esta campaña
electoral, que a tod@s nos resulta muchas veces demasiado larga
y costosa. No menoscabo en ningún momento el trabajo de mis
compañeros, que ha resultado tan fuerte como el nuestro,
pero ellos cuando llegaban a casa, normalmente la mayoría,
se encontraban en esta una comida preparada y un sofá dispuesto
a darles el merecido descanso. Sin embargo, la mayor parte de las
mujeres de cualquier pueblo o ciudad de España con una economía
media y en algunos casos baja, al llegar al hogar se han encontrado
con una doble y en algunos casos triple labor. Una familia esperándolas
para prepararles la cena, recoger cocina, ropa, preparar el mañana
para los niños y en muchos casos dando gracias al marido
por no enfadarse por su tardanza.
Este es el mundo al que hoy por hoy nos enfrentamos las mujeres,
un mundo lleno de retos para nosotras. Y este es el mundo también
contra el que tenemos que luchar por la igualdad de oportunidades
y por la igualdad de derechos, porque todas-os nos merecemos la
comprensión y ayuda de nuestros compañeros-as y también
un sillón donde descansar después de una dura jornada.
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