La mañana iba avanzando, pero ella no encontraba el camino,
cada vez que sus lentos pasos intentaban llegar a su pequeña
meta establecida por ella misma, la oscuridad la apartaba mas y
más de su destino.
No sabe en que momento su vida empezó a caer en ese pozo
del olvido.
Una mañana se levantó y ya no se conocía, y
aún más, le costaba reconocer todo lo que estaba a
su alrededor.
Poco a poco, las cosa antes tan queridas empezaron a perder su sentido.
Primero fue un simple tenedor, ya no estaba muy segura de para que
servía, luego fueron las calles, después las palabras,
los rostros, los signos.
El mundo se convertía por momentos en una negra pizarra donde
no había escritos.
Hasta que un día empezó a olvidar que se le olvidaban
las cosa, y en ese instante su mundo volvió a ser suyo, y
de nadie más.
Recuperó la filosofía del instante vivido, y por unos
segundos volvió a ser feliz.
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