Siempre el ayer

Aquí, ahora que contemplo con la tranquilidad de la mañana recién estrenada este otoño que se presenta frío y poco esperanzador para mí, no puedo dejar de pensar una vez mas, en él, no puedo dejar de pensar en esa persona que nunca conocí pero que formo parte de mi vida durante mas de veinte años, nunca se alejo ni un minuto, siempre esta alrededor, tanto que se me antoja real hasta llegar a sentirlo, a percibirlo tal y como fue.

Ese ayer que nunca se fue sino que ha ido colándose poco a poco y prolongándose como si de una mañana de humo se tratara, casi no se percibia con ese filtrarse suavemente, de forma ligera, impregnado la atmósfera de una tenue pero permanente neblina.

Desde estos páramos que he contemplado tanto desde mis sueños como desde la vigilia, pienso que mi mundo fuera de ellos no será real, sin este bosque al que acudo regularmente cada mañana, sin este silencio de su voz callada, escuchando solo los pasos de los días envueltos en la neblina, sé que no soy nada.

Aquí en medio de esta soledad, no me contemplo solo, no tengo reflejo de mi yo pero sé de mi existencia, la lluvia me moja, siento el calor del suelo, la humedad de las mañanas, la suavidad del roce de las hojas y mi llanto por todo ello.

Hace algún tiempo me sentí totalmente cautivado por sus ojos, esos ojos inmensos, verdes, con un brillo tan intenso que me deslumbraron, no sé si sonreí al verla pero creo que aquel día descubrí el cielo, ese cielo de las noches de verano repleto de estrellas, limpio, transparente, ajeno a todo lo que no fuera luz, quietud, sosiego.

Fué como estrenar vida, de pronto todo yo fui un hoy contemplando un cielo y mi ser se estremeció no solo por esas mañanas no tenidas sino que lloró por haberlas encontrado en ese momento.

Estaba sentada sola, mirando como el atardecer envolvía con su manto otoñal el pulular de los niños de vuelta a sus casas, de los pájaros hacia sus nidos, del sonido del agua antes oculto tras el ajetreo de un día normal en un bello parque de la ciudad, todo parecía irse alejando conforme avanzaba la tarde pero ella seguía quieta, inmóvil, solo sus ojos se movían de un lado para otro intentando captar ese atardecer que ya se tornaba noche.

Me acerqué de forma sigilosa, me daba miedo interrumpir tanta quietud pero al mismo tiempo no podía evitar sentirme atraído por ella, no por su belleza física que era evidente sino por la paz interior que parecía irradiar. me senté a su lado, me admitió, pregunté su nombre, me dijo el suyo y comenzamos a hablar de nuestras vidas. La mía aburrida, nada que destacar excepto la soledad, los días ausentes de todo sentimiento, la fragilidad de mi salud y el poco esperar ya de la vida, no por la edad, que era joven sino por la monotonía instalada desde hace algún tiempo en mi interior.

La suya, llena de sentimientos, sentimientos vividos, sentidos, transmitidos nunca ahogados.Habia estado casada con un hombre que ella mimo calificó como un ser excepcional, irrepetible, único. La mala suerte hizo que su matrimonio durara apenas ocho años, años en los que la felicidad fue total, navegando por las dulces aguas del amor, la pasión, la entrega, la recompensa.

Se conocieron en una fiesta a la que ella había acudido acompañada de sus padres, no tenia motivo alguno para asistir a la misma, es mas hubiera preferido no ir, ese día precisamente estaba muy cansada, levantada desde muy temprano, como siempre y después de un largo día de trabajo, sus piernas no estaban en sus mejores condiciones, había recorrido mas de 15 Km. en bicicleta, permanecido de pie mas de ocho horas y ya, de vuelta en casa, tampoco había podido descansar hasta transcurrido algún tiempo, tras el cual casi sin sentirse se sumergió en un profundo baño de agua caliente, lo necesitaban su piel y su cabeza.

Apenas había salido de su tranquilo y deseado baño cuando sonó el teléfono, su madre quería que les acompañase a un baile muy especial que se celebraba como motivo del día mundial de la paz. A ella todos estos acontecimientos no solo le resultaban pesados sino que le parecían cargado de hipocresía, el día de la paz tenia que ser cada día, no hay paz sino existe el convencimiento de que todos somos iguales, seamos del color que seamos, tengamos las creencias que tengamos, el sol, las nubes, la tierra son de todos.

Nada mas entrar, mientras atravesaron el enorme y encantador jardín que bordeaba la casa-palacio, pudo darse cuenta de que de repente su cansancio había desaparecido, las piernas, a pesar de haber llegado hasta allí caminando, comenzaron a aligerarse, no sabia muy bien si fue como resultado de la maravillosa melodía que se escuchaba envolviendo el ambiente, mezclado todo con luces tenues y un cielo lleno de brillo o porque su instinto le llevo a sentir lo que luego ocurriría.

Estuvo así exultante, hablando con unos y otros, llego incluso hasta bailar y reír con quien bailaba, pronto no tardo en darse cuenta que alguien, desde el otro lado de la sala, la estaba mirando, era tan fuerte la mirada, tan sostenida que era imposible no percatarse de ello.Era un hombre no muy alto pero atractivo, moreno, ojos oscuros y penetrantes, avanzo hacia ella, sin dejar de mirarla, muy tranquilo, pasos cortos, ningún gesto fuera de lugar solo una sonrisa tenue al preguntarle si quería bailar con él.

A partir de ese momento se sintió totalmente embargada por la emoción que le permitió no solo bailar sino flotar, como una nebulosa, se sintió como embrujada por sus labios, sus ojos, su manera de comportarse.

Se llamaba Manuel, era español y estaba allí en Alemania, de paso, era un poco trotamundo, le gustaba viajar ligero de equipaje aunque su bagaje personal era pesado, era muy solidario, sobre todo con los compatriotas que sufrían fuera de su país.

Desde aquella noche Manuel entendió que su sitio estaba allí, en Alemania, junto a ella, se quedaría para siempre, no había lugar a dudas y así se lo comunico al día siguiente. No tardaron en irse a vivir juntos, su amor había traspasado todas las fronteras, incluso las de las propias creencias, practicaban distintas religiones y ello le llevo a no poder contraer matrimonio en toda regla, sin embargo fueron una pareja estable y muy feliz.

Conforme iban transcurriendo los días Manuel iba calando mas y más en su familia, con cada uno tenia un gesto y palabras amables, sinceros, sus hechos nunca le traicionaron, caminaba con pasos marcados por la honestidad y la integridad, defendía a todo aquel que era débil, desde su profesión de abogado no se limitaba solo a llevar a cabo una defensa fría y rutinaria sino que a la larga acababa resolviendo problemas que escapaban de su competencia.

En toda esta lucha logro implicar a la familia, no solo en aceptar su gran dedicación, que era mucha sino que también colaboraban con él, muchas veces se encontraban con personas que no tenían ni donde vivir y para darles cobijo siempre encontró el apoyo de su mujer y de su familia, en ocasiones se trataba de familias enteras perdidas y atemorizadas en un país extraño sin mas protección que la ciudad a la que habían acudido para salir de la miseria, una ciudad que se les ofrecía enorme, inmensa comparada con su pueblo natal de de que no habían tenido mas remedio que salir.

Su casa paso de esta manera, de todos, siempre abierta, siempre alerta, con esa luz que brilla no por ser muy fuerte sino por la intensidad con la que se desprenden los haces luminosos de las personas que la habitan.

Los días se sucedieron a este compás de alegrías y sinsabores, de querer ayudar y de poder hacerlo solo de una manera limitada, ella nunca se sintió desplazada ni le reclamo mas atención, compartían tiempo, ilusiones y un hijo, un hijo que nació para colmar su felicidad y que, algunos años mas tarde seria toda su vida, ¡que perfectas eran aquellas noches de verano abrazados los dos contemplando el dulce sueño de su hijo! ¡que alegría verlo crecer bajo la sombra y el cobijo de esos abrazos! Siempre rezaba y daba gracias a Dios por ello, cada noche antes de irse a dormir, no podía evitar mirar al cielo, empañada su mirada, por las lagrimas derramadas en solitario por esa felicidad que se siente al estar llena de sentimientos.

Manuel viajaba a España cada vez que podía necesita también el contacto con su gente, su tierra, era extremeño y necesitaba el sol de Extremadura, que quema, que abrasa en esos días tórridos de verano, esa luna llena de las noches de primavera, que él contemplaba tumbado en su hamaca preferida, en esa hamaca que su madre tejió para que él pudiera ver mejor las estrellas, la luna impregnada de gotas de roció y aroma de jazmín, de ese jazmín plantado y cultivado a lo largo de generaciones en su campo extremeño, cuyo olor siempre le acerco a sus raíces, le transportaba a ese mundo de color y fantasía de su infancia rodeada de árboles, vides, campo y de un río cubierto de flores que tapizaban su superficie como si de una alfombra multicolor se tratara, colores amarillos, verdes, blancos, rojos, todos estaban allí reposando en sus tranquilas y dulces aguas, removidas solo por los diminutos saltos de las ranas o por el suave posar de los pequeños gorriones.

Esta nostalgia y la posibilidad de ayudar mejor a sus paisanos desde su propia tierra, le llevo a fraguar planes de volver, de poder instalarse en Madrid, por supuesto con su mujer y su hijo, a quienes jamás dejaría atrás.

Un día volvió con esto planes pero no regreso jamás con ellos, se quedo para siempre en su tierra, en su pueblo, en su tumba nunca faltaron los jazmines, los gorriones ni el recuerdo de todos aquellos en los que dejo su presencia grabada a hierro fundido en sus corazones, en aquellos que no supieron seguir el ritmo del tiempo, que se estancaron, que se vaciaron de todo aquello que no fuera Manuel.

Se hizo de noche casi sin sentirlo, mientras estuvo hablando no dejé de mirarla, adquiría belleza con cada palabra, con cada gesto, su inmovilidad se volvió tormenta, todo en ella vibraba con la fuerza de un huracán, los pensamientos la azotaban una y otra vez convirtiendo su mirada en un mar encrespado rompiendo sus olas contra el malecón, pero su voz no se turbaba, ella habló y habló y yo, escuché, me emocioné y comencé a amarla.

Fuimos poco a poco acercándonos mas, nuestros encuentros se iban sucediendo, al principio con alguna excusa, mas tarde sin ella; al poco tiempo conocí a su familia, su hijo, sus padres, sus hermanas; su hijo tenia entonces casi 15 años, era un adolescente, como todos, rebelde, su rebeldía la ponía de manifiesto sobre todo en su manera de vestir, era bohemio, pelo largo, desgreñado, ropa muy usada, casi rota, chalecos a la Che Guevara y por supuesto, aficionado a la música, lectura, sabia tocar varios instrumentos, entre ellos el saxofón, el piano, la guitarra. Sus cualidades eran muchas, según ella, todas heredadas del padre, la facilidad para los idiomas, el buen oído, su profundidad en la mirada, no había nada que no admirase en él, seguía admirando y queriendo a su marido a través de su hijo, entonces lo comprendí, y lo acepté como algo que la engrandecía en cuanto a persona, hasta ese momento no había conocido a nadie que supiera querer como ella lo había hecho, entonces, con ella, con sus sentimientos naciendo cada día fue cuando descubrí que mi vida había transcurrido sin apenas haber brillado, no conocía la luz, ni el calor, ni el frío ni el color, pero también y a partir de ese momento entendí que si alrededor de mi había alguna luz, no seria la mía, si alguien tenia frío o calor, no seria yo el que lo sintiera, siempre estaría el ayer, detrás de mí.

Fui dando pasos siempre cortos, siempre tímidos, buscando ser lluvia fina, ir calando poco a poco, formar surcos, dejar huella, ser mañana fresca, tarde lluviosa, sentir, ser sentido, percibir, ser percibido.

Mi tiempo transcurrió junto a ella, queriendo a su familia, buscando siempre su felicidad; cada mañana, al levantarme en mi paseo diario, ya casi como una rutina, visitaba a sus padres, tomaba café con ellos, arreglaba algo que estuviera en mal estado, hablaba con ellos de sus planes, de su futuro pero por supuesto también de Manuel, su nombre lo pronunciaban con cariño, con mucho amor, con lo que conseguían que yo sintiera lo mismo, pronunciaba su nombre con la misma ternura e intensidad que ellos, la abuela, sentada al piano, tocaba la música favorita de Manuel, y con los ojos llenos de lagrima, también la entonaba, elevando la voz al tiempo que la mirada. El abuelo, se sentaba junto a mí, él si sentía mi presencia, ponía su mano sobre mi hombro, y con los labios mudos, cerrados por la emoción, elevaba los ojos y contenía, a duras penas, su nombre, tras sus labios sellados.

El invierno era mi época favorita, me gusta la nieve, la sierra, esquiar, cada vez que podíamos nos trasladábamos a la estación más próxima, ella en eso me complacía, sabia que allí me sentía libre y yo buscaba con ello un mayor acercamiento a mi mundo, sentir mis deseos, los suyos, mis ilusiones y las de ellas, formando un solo mundo, único, real, mío. La nieve nos unía, el frío hacia que nos estremeciéramos al mismo tiempo haciendo que mi corazón latiese intensamente, su ritmo acelerado solo era el reflejo de mi felicidad, que por momentos fluía por cualquier poro de mi piel, en ese momento no me importaba nada, ella era la luna, el sol, la vida, el agua que colmaba mi sed, la sombra en una tarde de verano.

Ana era la mayor de las cuatro hermanas, todas compartían el amor hacia sus padres, hacia ellas mismas, se adoraban, se ayudaban, se comprendía y deseaban estar siempre juntas. No vivían muy lejos unas de otras por lo que a lo largo del día se veían alguna que otra vez, un simple recado las acercaba, una llamada las unía, cualquier acontecimiento lo celebraban juntas, un nacimiento, una boda, un cumpleaños; era muchas las fiestas celebradas en el magnifico jardín que rodeaba la casa donde vivía la menor de ellas, fue testigo de los años felices, de los encuentros, de los desencuentros, de las lagrimas y las miradas al cielo.

Allí Manuel también rió, compartió juegos con su hijo y sus sobrinos, inundó las noches con su alegría y su humor español y allí se quedaron impresas sus huellas, permanecen inalterables, el tiempo no solo no las borra sino que las hace más grandes y duraderas, allí la menor de las hermanas siembra cada día las semillas de la vida eterna, regándolas con las palabras, los gestos, los recuerdos del que fuera, y seguirá siendo, el ser mas maravilloso que ella había conocido.

Una noche, allí en el jardín, mientras contemplaba una ardilla saliendo de entre los árboles, pensé en todos los mundos escondidos que yacen a nuestro alrededor, que tienen tanta vida como él nuestro propio, que nos pasan desapercibidos por no resultarnos reales, pero que un día, en un momento determinado aparecen, como la ardilla, del interior de su árbol, y ese día al ser conscientes de ello nosotros también quizás entremos a formar parte de esa realidad no visible, confundiéndose ambos mundo, siendo distintas partes de un todo.

Así entendí que era mi vida, siempre oculto, no por ocultarme, sino por no verme, por no existir para los demás, por ser solo consciente para ellos en pequeños momentos, en esos en los cuales también salgo, no tanto para buscar alimento como para sentirme vivo, para sentirme formando como parte de un todo, pero parte al fin y al cabo.

Siempre he amado la naturaleza, contemplo su belleza, la admiro, sé apreciar su belleza interior, como su fuerza interna hace crecer todo lo que esta sobre ella, los árboles, la hierba, las flores, como ayudada por otros elementos contribuye a crear mas vida, a enriquer la que ya existe, como da cobijo tanto a lo mas pequeño como a lo de mayor tamaño.

Así era Manuel, pura naturaleza, y así lo comprendí, la naturaleza irrumpe con fuerza, como lo había hecho él, nunca se aleja, como él, siempre está cerca, como él; su muerte no le ha separado de la vida sino que a través de ella da vida a otros, los ruiseñores, los jazmines, las amapolas, los gorriones y hasta las pequeñas ranas de su río extremeño siguen vivos, en la huella que ha dejado en otros, en las pisadas de sus logros, en las miradas de los que ayudó, y en mi mismo, que sin conocerle vivo cada día con él, siempre con su ayer, envuelto en su aroma, cubierto por su piel.

En estos paramos, a los que acudo casi a diario, encuentro que mi soledad no esta tan sola, me rodean los jazmines, las amapolas, los gorriones y hasta las pequeñas ranas que al saltar dejan surcos en las aguas extremeñas, me llegan el aroma de los jazmines, los sabores de los limones recién exprimidos recogidos por la abuela, muy temprano, para regar con ellos mis mañanas.

Su ayer, mi hoy, su pasado y mi presente paseando juntos, con un mismo paso, siendo sombra y sol, juntos, inseparables, siempre con su ayer, con sus mañanas de limones recién exprimidos, con sus atardeceres en su hamaca preferida y con sus noches repletas de estrellas, luceros de alba y de luna llena con gotas de rocío; Ese es su ayer, ese es mi hoy.