Iba
volando, no se reconocía su vuelo, era un ave distinta a todas las demás.
Sus alas abiertas movían el aire provocando sus suspiros. Se abría paso
dejando atrás a otras aves que no entendían su vuelo, no volaba como
ellas, avanzaba a gran velocidad, con la mirada perdida.
En el aire, flotando como partículas, se encontraban
unas mariposillas pequeñas, tan diminutas que unían sus cuerpos para
hacerse mayores, no se separaban nunca, batían sus alas tan pegadas
unas a las otras que parecían no avanzar demasiado rápido, formaban
una nube densa pero alegre, múltiples colores mezclados con risas, las
provocadas por el cosquilleo del roce de sus alas, era su vuelo.
Desde
su volar juguetón y alegre, desde sus mezclas de colores y alegrías,
desde su pequeña belleza engrandecida no vieron acercarse al ave de
grandes alas , que sin rumbo, sola , iba navegando en busca de una ilusión
perdida, volaba bajo, mirando a todas partes, con miedo, allí, en un
mundo de aire sin aliento, no era nadie. Se sentía frágil sin poder
apoyar sus alas en otras alas, sin que pudieran rozarse entre ellas.
Vio
a las pequeñas mariposillas y se quedó prendada de su alfombra hecha
de colores y risas, y sintió su alma de grandeza y soledad, se perdió
entre sus juegos y se entregó a la pequeñez de su vuelo hasta que aprendió
a volar con la sencillez de las mariposas. Sus alas se encogieron, sintió
el cosquilleo de la risa, se encogió su alma, se llenó de mariposillas
que, juntas como siempre, formaron en su alma un vuelo de colores y
alegria, y bajó con ellas, descendió a otro mundo, donde ya le aguardaban,
días de aire y aliento.
Sevilla, 29-5-02