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El abuelo y su molino

No era un molino de viento lo que tenia mi abuelo, su molino no tenia grandes aspas azotadas por el sol o el aire, ni siquiera lo movía el viento; era un molino movido por el trabajo diario de unos brazos todavía fuertes a pesar de su edad.

Era muy temprano, cuando ya en el pequeño pueblo, de apenas cien habitantes, el sonido del motor de su molino se hacia escuchar por todo el entorno. Mi abuelo lo ponía en marcha antes de amanecer y siempre acababan mezclándose el despertar del gallo y el zumbido monótono de su molino; el gallo se iba enfadando poco a poco, cada vez hacia mas fuerte sus quiquriquis, no podían perderse entre el sonido metálico de un viejo molino, él era un ser vivo, fuerte, joven, por lo que su voz tenia que ser escuchada con mayor fuerza, sin embargo al poco tiempo se cansaba, era mucho el esfuerzo, pero la maquina no paraba, seguía, seguía y seguía sin parar, siempre el mismo sonido imperturbable, seco, aburrido. Los vecinos, lejos de enfadarse con semejante concierto, se reían y algunos sentían lastima por el pobre gallo, le escuchaban desgañitarse pero ninguno encendía las luces de sus casas, nadie avisaba de su despertar hasta que ya no escuchaban al agotado gallo, entonces, en ese momento, todos sabían que el gallo caía abatido y el abuelo Julián y su molino amanecían y se preparaban para un intenso día.

El molino estaba situado en una pequeña casa, de dos plantas, situada como anexo a la gran casa donde vivía mi abuelo. A él se accedía desde el corral, en la entrada, a la derecha había una mesa de trabajo que servia tanto de escritorio como de mesa de herramientas, para machar algún clavo o quitar alguna punta, allí todo parecía estar fuera de su sitio, en desorden, envuelto por el fino polvillo de la harina molida esparcida por doquier.

Detrás de la mesa de trabajo, una puerta comunicaba al granero, aquí se separaba el grano de trigo del de cebada o de centeno, para ello había distintos compartimentos, cualquiera de ellos nos servia como lugar idóneo para escondernos, nos sumergíamos en las profundidades de un océano de plata, de cáscaras de trigo; nos bañábamos en un mar de olas blancas de almidón, repleto de pequeños peces de colores; surcábamos las aguas a lomo de una pala cuadrada, hecha para recoger el trigo y, nuestros sueños.

Al fondo, y dominando toda la casa, se encontraba situado el molino, era una vieja maquina pintada de verde que engullía los granos de trigo por una gran boca de forma triangular y los expulsaba, después de un largo recorrido, por una más estrecha, a la que el abuelo enfundaba los sacos que se convertían en verdaderos devoradores del grano, el saco se iba llenando poco a poco, de vez en cuando el abuelo lo movía de arriba a bajo agitándolo para lograr albergar una mayor cantidad de grano molido; una vez aquí ya no eran grano de trigo, ni de cebada, ni de centeno, era la misma vida transformada en otra, era como atravesar un río al final del cual hay una gran cascada que te arrastra, te vence, que te aleja de tu mundo pero que te acerca a otro, era como pasar de la vida a la muerte pero sin llegar a morir.

Los sacos llenos y en pie descansaban a todo lo largo de las paredes, unos al lado de los otros, delante, detrás, apoyados, quietos, en espera de ser recogidos, cada uno tenia grabado el contenido, el peso y el nombre de su propietario. La parte superior de los sacos se cerraba, bien cerrados, con un trozo de cuerda que mi abuelo sujetaba con una mano mientras que con la otra apretaba con fuerza para juntar los bordes lo más posible, la cuerda giraba tantas veces como se dejaba así hasta conseguir cerrarlos casi herméticamente, después, unas veces arrastrándolos, otras cogiéndolos, el abuelo los iba depositando contra la pared, uno contra otro formando autenticas hileras, parecían soldados en espera de ser enviados a la guerra, permanecían inmóviles, rectos, hasta que una voz, la de su amo, avisaba de su retirada; aquello nos destrozaba el corazón, se llevaban a nuestros aliados, ellos nos habían protegido frente a una madre enfadada , un abuelo que nos mandaba a algún recado o de un hermano pequeño que quería jugar con nosotros; nos quedábamos indefensos, todo parecía engrandecerse sin ellos, el mundo nos parecía entonces enorme, vació, notábamos la ausencia de nuestros soldados, sus huellas impresas en un suelo de cemento solo serian borradas por la llegada del siguiente reemplazo, este no tardaba en llegar, pronto habría otra hilera dispuesta como la anterior, otra vez servirían de refugio o de muralla contra el enemigo.

A veces el enemigo era el propio abuelo, aparecía detrás de los sacos con su guardapolvo gris, su gorra, para no llenarse de polvillo la cabeza y con una mascarilla en la boca para no aspirarlo, todo él, envuelto en una neblina ensordecida con el run- run monótono del moler, era como perderse en un páramo irlandés: niebla, densidad y un caballero desconocido saliendo de entre la densa niebla, queriendo atravesar un bosque de árboles talados, aparecía, se llevaba un saco, luego otro, el bosque se desdibujaba, adquiría formas irregulares, perdía belleza, desaparecía.

Espantábamos al caballero, intentábamos ahuyentarle prodigando multitud de pequeños sonidos, tan pronto éramos ranas como serpientes encantadas, también ladrábamos como perros o aullábamos como auténticos lobos, todo parecía poco para impedir que despareciera nuestro bosque de árboles talados, pero al mismo tiempo también todo era inútil, las ranas, los perros, los lobos huían vaporosamente con el primer grito del abuelo, el caballero del guardapolvo gris se tornaba entonces mas fantasma que nunca y corríamos espantados, dejando solo, ante el peligro, a nuestro querido bosque.

Había una segunda planta a la que no nos estaba permitido subir, las escaleras hasta ella eran grandes peldaños y su final era oscuro y retorcido, parecía que de un momento a otro un gran ogro iba a salir profiriendo todo tipo de amenazas, pero nunca salió, siempre nos quedábamos mirando expectantes ese final de la escalera, siempre albergábamos la esperanza de ver, si no a un ogro, si a un pequeño monstruo de alas caídas o barbilla empinada, o a esa bruja de los cuentos de hadas, que sin escoba, bajara algún día, se acercara a nuestro rincón para así creer que nuestra infancia todavía nos acompañaba.

Un día decidimos subir, fuimos venciendo peldaño a peldaño nuestros miedo, cada uno que ascendíamos iba colmado de la ilusión de la infancia no perdida , con cada ascenso alcanzábamos mas nuestros sueños, aspirábamos a tocarlos,a sentirlos vivos, al llegar al ultimo peldaño, exhaustos, agotados, con el corazón latiendo con toda su fuerza, vimos por fin una luz, opaca, densa que penetraba a través de un ventanuco semicerrado, que permitía la entrada de un solo rayo de luz que iba a parar directamente a una gran caja de madera, mas que una caja parecía un gran baúl sacado de las profundidades del mar, así lo decían sus herrajes oxidados, su llavera y su moho, cuyo olor se extendía por toda la habitación.

El rayo de luz iba directamente a la cerradura, parecía invitarnos a abrirla, era como si todo estuviera dispuesto en espera de nuestra llegada, fuimos acercándonos poco a poco, con los ojos mas abiertos que nunca, engrandecidos por la emoción, el miedo y la ilusión. Andábamos arrastrándonos en silencio, la respiración entrecortada y los labios sellados, solo el más pequeño gimoteaba agarrado al pantalón corto de su hermano mayor, así hasta llegar al gran baúl. Nos pusimos en pie y se nos quedaron congelados los huesos y el corazón al ver tanta belleza mezclada con tanto misterio. En cada una de sus caras y labradas con finos hilos de oro, aparecían una gaviotas blancas como la nieve, volaban creando un cielo estrellado pero sin estrellas y con ellas, la luna sonreía, viendo su vuelo en medio de ese cielo de mar y nieve.

¿Qué habría dentro del baúl?¿Qué secretos se escondían en su interior?, temblábamos, no acertábamos abrir, se nos resistía la cerradura, escuchábamos su chirriar como si de gemidos se tratase y nos mirábamos los unos a los otros, tratando de acallar nuestros miedos, buscando respuestas en nuestros ojos, acallando los suspiros para no espantar a las hadas, a los duendes que deberían dormir placidamente en ese baúl hecho de mar y nieve; tendrían que ser hadas buenas, de alas extendidas, de brazos abiertos, duendes alegres y juguetones, con naricillas respingonas y orejas alargadas, hadas de colores, duendes de plata. Poco a poco, y entre todos fuimos levantando la parte superior, era como abrir las puertas del cielo, la luz que penetraba por el ventanuco permanecía quieta guiando nuestro esfuerzo, a medida que avanzábamos nos iluminaba mas, aumentaba su esplendor, avanzaba igual que nosotros hacia el interior del baúl transformándonos los sueños en realidad, fuimos magos, hechiceros, caballeros andantes, escuderos y hasta reyes; descubrimos islas, conquistamos corazones, surcamos ríos y océanos y hasta escalamos torreones; fuimos seres habitando otro planeta, mayores en un mundo de niños, niños jugando a ser mayores, ganamos batallas, perdimos amores.

La luz fue desvaneciéndose y con ellos nuestro entusiasmo, cerramos el baúl y la ventana, cerramos nuestros corazones y comenzamos a bajar peldaño a peldaño, en silencio, con lagrimas, con sollozos ahogados, enmudecidos por un descenso que ya no deseábamos, se nos volvían las miradas, se cruzaban entre ellas asiendo en sus lagrimas una infancia que se nos escapaba.

El molino de mi abuelo se quedó sin su bosque de árboles talados, sin su niebla hecha de esfuerzo y harina, sin su amanecer antes que el gallo, sin su voz, sin las nuestras, ya no tiene ríos ni océanos de plata, ya el grano está molido, se ha transformado en otra vida, ya solo contempla un ayer vestido de magos y hechiceros y lo ve pasar sintiendo su magia alejándose cada vez mas, dejándole atrás en manos de una infancia vivida a lomo de una pala cuadrada, que ya navega en su mañana.

Marisa Cercas