Fuera
hacia mucho frío, era un día de invierno en el que la
lluvia y el frío jugaban juntos desde muy temprano y el viento
viéndolos, no cesaba de mover sus alas para alegrar sus juegos,
pero en su interior el fuego ardía mas que nunca, ardía
tanto que el calor se expandía por todo su contorno, ¡hoy
podía ser el gran día!, ese día que esperaba hace
tanto, tanto tiempo. Sabia que era temprano, todavía no era el
momento pero ella ya estaba arreglada, hoy no podía dejar atrás
ningún detalle, peinado, maquillaje, ropa alegre, a la vez que
un poco atrevida, y sobre todo no podía olvidar ponerse su mejor
sonrisa, esa sonrisa que hace que sus ojos se abran y sean como ventanas
a través de las cuales penetran no solo las sensaciones necesarias
para vivir sino que permiten la entrada a todas aquellas que necesita
transmitir, esos ojos que brillan cuando están con él
y que se nublan cada vez que se aleja, permaneciendo nublados mucho
tiempo, días y noches enteros se suceden en espera de ver un
rayo de sol, es poca la distancia que les separa, pero las puertas están
siempre cerradas, las puertas no se abren nunca pero el aire entra fresco
cada mañana, se cuela por las ventanas, por las grietas, por
los poros mismos de su piel, lo absorbe, se imprime totalmente pero
nunca sale al exterior.
Mientras espera que llegue el momento de salir repasa mentalmente una
y otra vez las palabras que se dijeron uno y otro en su ultimo encuentro,
repite las frases y rememora todos y cada uno de los gestos, los gestos
que delatan, las manos que traicionan, los labios que se mueven sin
hablar.
Se dejó llevar por el recuerdo, bajó a su interior y allí
encontró un montón de besos no recibidos, un sinfín
de caricias anidadas en espera de ser percibidas y un corazón
enjaulado que grita por querer salir.
Hace mucho, mucho tiempo que se conocieron, un encuentro casual sin
ningún tipo de emociones, nada de sonrisas, ni de manos apretadas,
casi no se percibieron y a pesar de todo sus vidas no han dejado de
encontrarse, sus ojos de mirarse, sus bocas de anhelarse.
En los primeros momentos la amistad resbalaba entre ellos, sus charlas
giraban en torno a sus vidas, familia, hijos, trabajo. No había
rincón que no recorrieran en busca de sus verdades, en cada uno
de ellos crecía una fuerza que les arrastraba a saber más
y más, a buscarse mutuamente hasta llegar a ser uno la sonrisa
del otro. Casi sin saberlo el tono de su rostro fue cambiando en cada
encuentro, el color subía o bajaba de sus mejillas según
el momento, las pupilas estaban permanentemente dilatadas y el sudor
frío recorría su cuerpo haciéndole temblar de la
cabeza a los pies, no sabia controlarlos, los pies los cruzaba una y
otra vez por debajo de la mesa, tropezando a veces con los de él,
con lo que su torpeza aumentaba considerablemente haciéndose
más visible aquello que ella deseaba que pasase desapercibido:
sus sentimientos cada vez mas engrandecidos. Tenia que ocultarlos, él
no tenia que ver nada más allá de la pura y profunda amistad.
No sabia que extraña razón le llevaba a ello, ignoraba
por qué sus sentimientos tenían que ahogarse en su interior,
porqué no expresarlos, ¡pesan tanto dentro de una misma!.Siempre
soñó con ser agua clara, transparente, agua tibia, dulce,
agua llena de vida pero todo lo que había sido es agua estancada,
paralizada ante las emociones, sin prisa ante la dulzura, sin acelerar
el paso ante la envidia o el rencor y sin avanzar ante el amor.
Quizás debería pensar en el ayer, en una infancia olvidada
por casi no vivida, una madurez muy temprana, la mayor de muchos hermanos,
la obligación de sacar sabor a una vida que careció de
los principales ingredientes: la ternura de una madre, las palabras
tantas veces deseadas de escuchar, los llantos no explicados. Su madre,
esa mujer que siempre olvidó que las semillas dan mejores frutos
si se las cuida con esmero, si no se las deja, si se las riega cada
día con los porqués de cada acto, con la ilusión
de los sentimientos expresados, con la mirada de la vida que se enriquece
con cada sonrisa. Su madre, esa mujer, tan fría, tan inexpresiva
que llevó sus amaneceres a ser hielo en la montaña, sus
atardeceres puestas de sol entre nubes, sus anocheceres cielo sin estrellas.
Su padre, un buen hombre, dotado de una gran inteligencia, siempre escondido
detrás de sí mismo, siempre viviendo en un mundo inaccesible
cuyos pensamientos eran siempre un
misterio rodeados de un halo de tristeza y melancolía, nunca
le vio llorar, pocas veces sonreír y casi nunca reír.
Su padre, ese hombre que amó la vida en silencio, que lleno el
aire de suspiros ahogados hizo de sus mañanas, sus tardes y sus
noches un largo desfile de silencios rotos solo por la desesperación
de saberse viva.
Ya era casi la hora, fuera seguían jugando el frío, la
lluvia y el viento, también su interior seguía ardiendo
pero su fuego estaba ahora más apaciguado, más tranquilo
después de decirse a sí misma todo aquello que no había
escuchado nunca, después de haber aireado su interior, ¡ya
no habría mas silencios!, las palabras fluirían a la vez
que sus sentimientos, los labios hablarían al compás de
las alegrías, de las tristezas, su voz temblaría con la
emoción y sembraría de amor todos sus días.
Arreglada por dentro y por fuera, y más decidida que nunca, cogió
su bolso, su abrigo, sus llaves, abrió y cerro la cerradura prometiéndose
a sí misma que hoy seria ese gran día esperado hace tanto,
tanto tiempo. Por fin cogería su mano, le hablaría al
oído, besaría sus labios.....
Nunca había hablado consigo mismo tantas veces, todos los días,
en cada hora, en cada minuto se decía una y otra vez ¡hoy
seria el gran día!, ese día que tantas y tantas veces
había soñado. Ese día por fin rompería el
silencio de su voz ¡ya no callaría mas!. Fuera hacia frío,
llovía pero a él ya nada le impediría seguir adelante,
la lluvia y el frío serian hoy sus aliados, debía contar
con ellos para sentirse fuerte, para avanzar como ellos a través
de cualquier obstáculo, nada ni nadie lo impediría.
Todavía era temprano, mientras trabajaba las horas correrían
mas deprisa, ¡el tiempo transcurre tan despacio cuando se desea
que pase! las palabras le ahogaban, necesitaba vaciarlas de su interior,
no dejaría ni rastro de ellas a no ser en la mirada, en las manos,
en los labios, en esa mirada que brillaría de nuevo, en esas
manos que recuperarían el tacto y en esos labios que despertarían
después de tanto tiempo adormecidos.
Sabia que era tímido, y mucho, sabia que no le resultaría
nada fácil, siempre acababa llevándose sus besos, sus
caricias y siempre volvía a derramar lagrimas por todos esos
sentimientos no expresados. Tenia miedo, ¿de qué?, sentía
pánico, ¿por qué? ¿qué hacer con
esas piernas que tiemblan debajo de la mesa?, ¿qué hacer
con esas manos que se resbalan sobre el mantel deseosas de dar cobijo
a otras manos?
Pensaba en esa amistad que se había iniciado ya hace algún
tiempo, esa amistad que nació de la nada pero que poco a poco
se fue convirtiendo en un cúmulo de sentimientos diferentes,
contradictorios pero con unos cimientos cada vez más sólidos,
en un principio nació casi por casualidad, mas tarde fue creciendo
sin parar regándola sólo con el agua de la vida, de esa
vida que se enriquecía con cada encuentro, que se engrandecía
con el transcurrir del tiempo, la misma vida que le faltaría
si ya no hubiera más mañanas compartida con ella, más
secretos abandonando su escondrijo, mas ilusiones renovando su atmósfera.
Se sentía lejos de sí mismo, quizás no había
alcanzado esa madurez que se supone te dan los años, todavía
estaba perdido en su niñez, no había crecido lo suficiente,
se había quedado estancado en esa etapa de la infancia en la
que se nos llenan los días de besos y caricias que no devolvemos
por no saber como hacerlo, de gestos y de palabras que no valoramos
por sernos desconocidos y de actos que sólo vemos sin percibir
su aroma, su sabor.
El no había percibido casi nada, pasó sus días
rodeado de sueños que no prosperaron, de ventanas cerradas, de
luces apagadas. Su madre, una mujer hermosa, bondadosa pero llena de
conflictos que le impedían acceder a las sensaciones, que le
bloqueaban las percepciones. Su madre, esa mujer que con su hermetismo
le impidió ser flor con aroma, ser sol de grandes rayos, ser
luna llena.
Su padre, un ser maravilloso, recto en su proceder pero con una actitud
en continua lucha consigo mismo, nunca alcanzaba la paz, nunca hallo
la estabilidad, siempre en busca de un algo que le diese un poco de
seguridad. Su padre, ese ser que se olvidó de dar lo que más
tenia: amor. Hizo que sus noches se confundieran con sus días,
las alegrías con las tristezas y el amor con la soledad.
De soledad había cubierto sus días, no por quererla sino
por toparse con ella en cada rincón, nunca la buscó pero
ella siempre le encontró. Se conocieron, se hicieron amigos y
se contaron todo aquello que les preocupaban, así en silencio,
sin nadie, refugiado bajo el manto de su soledad bien acogida, aunque
nunca deseada, pensaba hoy igual que ayer en ser flor con aroma, sol
de grandes rayos, luna llena.
Ya casi era la hora, la tarde se había consumido, le había
regalado su ayer despojado de la niebla que un día le envolviera,
ahora asumiría un hoy más claro, despejado, con un amplio
horizonte que el dibujaría con la ilusión de verse renacido.
Sabia que había mucho que dar, de sí mismo todo lo que
hasta ahora había ocultado, no por saberlo malo, sino por no
saber como exteriorizarlo por eso se dispuso a vestirse con sus mejores
galas, se afeitó, se perfumó y salió a su encuentro
no sin olvidar ponerse hoy la mejor de sus miradas, esa mirada que se
abre camino por donde va, con su brillo te deja ver el cielo, con su
dulzura te abre las puertas de su corazón.
Más arreglado que nunca, más liviano y más seguro
salió a la calle, buscó a la lluvia y al viento y se encaminó
con ellos, hoy tenían que ayudarle, serian sus cómplices
y amigos, se serviría de ellos para por fin hoy, poder tocar
sus manos, acariciar su cara, besar sus labios....
Allí estaba él esperando con la mirada puesta en la puerta,
ella no tardaría en llegar, sabia de su puntualidad, siempre
la había alabado por ello, siempre la había alabado por
todo, todo en ella eran cualidades, cada día le sorprendía
con alguna nueva, la sensibilidad a flor de piel, la mejor de todas,
sentía, percibía todo lo que ocurría a su alrededor,
sus lagrimas nunca eran gratuitas, lloraba con el niño abandonado,
con la desolación de los mayores, con la tristeza del que se
sabe desprotegido, nunca los olvidaba encaminando sus esfuerzos a reconquistar
sus hogares, sus alegrías, su protección. Siempre escucha
a todo el mundo, comprende mejor que nadie las situaciones y los problemas
para ella nunca suponen un obstáculo sino todo lo contrario,
un aliciente más para seguir creciendo mentalmente.
Su sonrisa, su bondad, su clara inteligencia, su espíritu equilibrado
y sosegado consiguieron penetrar en su interior moldeando sus pensamientos
como si de arcilla se tratase, apareciendo siempre en su mente como
un sol que ilumina todos y cada uno de sus días.
Su sonrisa creció al verle allí, sentado frente a la puerta,
sabia que estaba esperándola, siempre está allí
donde le necesita, siempre le ayuda y protege como si de su mejor tesoro
se tratase, era fiel y leal y por eso le alababa, le alababa por todo,
era un ser de grandes cualidades, su generosidad, la mejor de todas,
hace que nadie se encuentre solo, da más de lo que tiene y nunca
permanece impávido ante el llanto de un niño. Su riqueza
interior la había cautivado desde un principio, nada era igualable
a su mundo, en el que se encuentran cimentados, y mucho, los mejores
sentimientos, esos sentimientos que hacen que las personas adquieran
la categoría de seres humanos, casi divinos.
¡Por fin los dos frente a frente! ¡solos! Sus miradas se
observan, sus cuerpos se aproximan, sus caras se rozan, ¡la llama
se aviva!, así, valientes, decididos, atendiendo a la llamada
de su interior hacen avanzar su verdad, esa verdad que hoy no podía
permanecer encerrada, saldría, se pasearía por sus manos,
sus ojos, sus labios.....