LA
PLUMA DE LA FREGONA |
¿Mujer
y escritora? : salvo circunstancias de estatus social, un dilema agitado.
La señora Marta Portal ganó el “Planeta” porque
pudo entregarse a la creación literaria casi en plenitud, sin
esas trabas de esposa, madre amantísima y a veces desquiciada
por ese tráfico cotidiano de amor, entrega y dependencia de lo
que solemos llamar “hogar” y que para los hombres y los
hijos no es sino “holgar”. Mercedes Salisachs, Esther Tusquets
de efímero tránsito, Carmen Laforet y otros ejemplos de
féminas creadoras, tuvieron la misma suerte de la señora
Portal, que en este tema de la creación y la procreación
hay que distinguir lo necesario de lo accesorio, la familia humana de
la literaria. Que me perdonen mis amigas escritoras si digo que no sé
si las admiro más por lo que escriben o por cómo escriben.
A los varones nos resulta más fácil el acto creativo y
en ese sentido comparto aquella frase de un personaje de Faulkner :
“te agradezco, Señor, que no me hayas negro, ni perro,
ni mujer”. ¿Cuántas “ilustres fregonas”
de verdad han visto truncada su vocación literaria por su condición
de madre, esposa y criada del machito ibérico y de su amada descendencia.
Os admiro, señoras, por ese valor tan poco literario de afrontar
los trámites de una situación tan engorrosa. ¡ Ah,
si el aseado palo de la fregona fuera una pluma!. Con ella esribiriais
los más sufrientes versos, las novelas más desarraigadas.
No me conteis, queridas, que estais absolutamente liberadas. Mientras
yo estoy alucinado y encerrado en mi despacho, flipando con palabras
que acabarán convirtiéndose en poemas, mi idolatrada Ana
me plancha las camisas, limpia la casa, hace la compra. Mil vidas necesitaría
para pedirle perdón y rendirle homenaje y reconocer que le debo
mis libros, gracias a que ella salvaguardó mi paz y fue el aire
que serenó mi creativa conciencia paranoica y es, ya cercanas
las sombras del futuro imperfecto, la primera lectora de todo cuanto
escribo y que le debo.
Ahora recuerdo a Virginia Woolf. A Silvia Plath. A Mercedes. A María
Rosa. ¿Mujer y escritora? : ¡qué destino más
duro!. No me extraña que algunas de vosotras eligiera el escape
más terrible. No tiene nada de poético, como que yo me
creía y escribí, que Alfonsina Storni “se ahogara
en los pétalos del mar”. O que Virginia Woolf, tan liviana,
se llenara de piedras los bolsillos para buscar en el beso absoluto
del océano la verdadera liberación. O que Silvia Plath,
posiblemente la mejor de las poetas de la historia, abandonada a su
dulce veneno y harta de ropa, plancha, suelos y platos sucios introdujera
su maravillosa cabeza literaria en un horno de gas. Silvia decía
que “debería haber un ritual para nacer dos veces : remendada,
reparada y con el visto bueno para volver a la carretera” de la
vida.
Remendada, reparada y nacida dos veces, por sus varias operaciones quirúrgicas,
mi idolatrada compañera de destino vigila para que no me falte
de nada, con esa paz que me da cuando me miran sus ojos y me leen el
pensamiento. Y no sólo me lo leen sino que me incitan a que lo
escriba. De verdad, querida Silvia Plath que estás en la gloria
y en ese polvo cósmico que es la fosa común de los poetas,
de verdad, Silvia Plath, deberíamos nacer dos veces pero con
el sexo cambiado. Sería una maravillosa justicia, aunque bien
sé que algunas lo considerariais una justa y cumplida venganza.
Que fuéramos nosotros, los hombres, con los papeles cambiados,
el contrapunto de vuestras vidas sometidas a ese equívoco rol
de la procreación que es, con todo, lo más hermoso de
vuestro destino si no se complicara con nuestra falta de compromiso
verdadero en el hogar y en la vida.
Tengo una amiga que ha descubierto a los treinta años su vocación
literaria. Ella necesitaba rebelarse contra la situación de la
mujer y lo está haciendo con relatos que ella llama “retales”
y que son capítulos de la historia de siempre en lo que concierne
a la condición femenina. Desde la niñez la mujer es una
novela por entregas que nunca supimos leer los hombres. Retales de mujer
entregada a dar y compartir, verbo este último de tan difícil
interpretación para nosotros. No me digais, señoras, que
estais liberadas. Si acaso, sólo de las puertas del hogar para
fuera.
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