Amigas de ciudadanas: he aquí la columna que el poeta cordobés Carlos Rivera ha publicado esta semana sobre las mujeres escritoras. Hombre sensible con la condición femenina donde los haya, comparte con nosotras un punto de vista que muchos hombres, presos de su egoismo no ven, o no quieren ver. Además de poeta es amigo, y eso "bien vale un imperio", porque gente como él es necesaria en nuestra sociedad. Gracias Carlos, por acordarte de estas mujeres escritoras y no dudes una cosa, vamos a seguir adelante. .


Julio,2003
LA PLUMA DE LA FREGONA

¿Mujer y escritora? : salvo circunstancias de estatus social, un dilema agitado. La señora Marta Portal ganó el “Planeta” porque pudo entregarse a la creación literaria casi en plenitud, sin esas trabas de esposa, madre amantísima y a veces desquiciada por ese tráfico cotidiano de amor, entrega y dependencia de lo que solemos llamar “hogar” y que para los hombres y los hijos no es sino “holgar”. Mercedes Salisachs, Esther Tusquets de efímero tránsito, Carmen Laforet y otros ejemplos de féminas creadoras, tuvieron la misma suerte de la señora Portal, que en este tema de la creación y la procreación hay que distinguir lo necesario de lo accesorio, la familia humana de la literaria. Que me perdonen mis amigas escritoras si digo que no sé si las admiro más por lo que escriben o por cómo escriben. A los varones nos resulta más fácil el acto creativo y en ese sentido comparto aquella frase de un personaje de Faulkner : “te agradezco, Señor, que no me hayas negro, ni perro, ni mujer”. ¿Cuántas “ilustres fregonas” de verdad han visto truncada su vocación literaria por su condición de madre, esposa y criada del machito ibérico y de su amada descendencia. Os admiro, señoras, por ese valor tan poco literario de afrontar los trámites de una situación tan engorrosa. ¡ Ah, si el aseado palo de la fregona fuera una pluma!. Con ella esribiriais los más sufrientes versos, las novelas más desarraigadas. No me conteis, queridas, que estais absolutamente liberadas. Mientras yo estoy alucinado y encerrado en mi despacho, flipando con palabras que acabarán convirtiéndose en poemas, mi idolatrada Ana me plancha las camisas, limpia la casa, hace la compra. Mil vidas necesitaría para pedirle perdón y rendirle homenaje y reconocer que le debo mis libros, gracias a que ella salvaguardó mi paz y fue el aire que serenó mi creativa conciencia paranoica y es, ya cercanas las sombras del futuro imperfecto, la primera lectora de todo cuanto escribo y que le debo.
Ahora recuerdo a Virginia Woolf. A Silvia Plath. A Mercedes. A María Rosa. ¿Mujer y escritora? : ¡qué destino más duro!. No me extraña que algunas de vosotras eligiera el escape más terrible. No tiene nada de poético, como que yo me creía y escribí, que Alfonsina Storni “se ahogara en los pétalos del mar”. O que Virginia Woolf, tan liviana, se llenara de piedras los bolsillos para buscar en el beso absoluto del océano la verdadera liberación. O que Silvia Plath, posiblemente la mejor de las poetas de la historia, abandonada a su dulce veneno y harta de ropa, plancha, suelos y platos sucios introdujera su maravillosa cabeza literaria en un horno de gas. Silvia decía que “debería haber un ritual para nacer dos veces : remendada, reparada y con el visto bueno para volver a la carretera” de la vida.
Remendada, reparada y nacida dos veces, por sus varias operaciones quirúrgicas, mi idolatrada compañera de destino vigila para que no me falte de nada, con esa paz que me da cuando me miran sus ojos y me leen el pensamiento. Y no sólo me lo leen sino que me incitan a que lo escriba. De verdad, querida Silvia Plath que estás en la gloria y en ese polvo cósmico que es la fosa común de los poetas, de verdad, Silvia Plath, deberíamos nacer dos veces pero con el sexo cambiado. Sería una maravillosa justicia, aunque bien sé que algunas lo considerariais una justa y cumplida venganza. Que fuéramos nosotros, los hombres, con los papeles cambiados, el contrapunto de vuestras vidas sometidas a ese equívoco rol de la procreación que es, con todo, lo más hermoso de vuestro destino si no se complicara con nuestra falta de compromiso verdadero en el hogar y en la vida.
Tengo una amiga que ha descubierto a los treinta años su vocación literaria. Ella necesitaba rebelarse contra la situación de la mujer y lo está haciendo con relatos que ella llama “retales” y que son capítulos de la historia de siempre en lo que concierne a la condición femenina. Desde la niñez la mujer es una novela por entregas que nunca supimos leer los hombres. Retales de mujer entregada a dar y compartir, verbo este último de tan difícil interpretación para nosotros. No me digais, señoras, que estais liberadas. Si acaso, sólo de las puertas del hogar para fuera.

 
Carlos Rivera