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| Currículum y género | Por: Mª Elena Simón Rodríguez |
Cuando se trata del currículum en el ámbito de
la Educación, este término puede entenderse de dos maneras: itinerario vital-profesional
y, por otra parte, conjunto de materias, habilidades y destrezas cursadas
a lo largo de las diversas etapas educativas.
Voy a utilizar intencionadamente el concepto en estas dos acepciones y además, una de ellas desdoblada: cuando nos referimos al currículo académico, no sólo se considera el currículo como plan de estudios reglado o formal, también hay que referirse al llamado “currículo oculto”, cuyas enseñanzas y aprendizajes constituyen uno de los pilares básicos de la educación individual y colectiva.
La escuela actual actúa
como lugar preferente de socialización, puesto que durante la infancia y la
adolescencia toda la población pasa gran parte de su vida en ella y durante
la juventud continúan sus influencias en buena medida, en perjuicio de la
educación familiar, que pierde autoridad e importancia conforme progresa el
estado de escolarización y la exposición a medios audiovisuales y digitales.
Este es el otro lugar de socialización en la actualidad, que ya no es real,
sino más bien simbólico y virtual, mediático y alienante, porque se efectúa
delante de los individuos, pero sin su presencia ni participación.
Por eso es tan complejo
el problema de los aprendizajes en relación, porque en ellos interactúan multitud
de factores. Los aprendizajes de los géneros se efectúan en la escuela como
lugar privilegiado, a pesar de su discurso igualitario, pues en la escuela
se aprenden cosas y se aprenden en relación.
La escuela recibe lo que
hay: relaciones procedentes de una cultura patriarcal generalizada, violenta,
negadora de las personas y elitista, temerosa y enemiga de lo diferente, jerarquizada,
discriminatoria, competitiva, que valora las actitudes de prepotencia y emulación
en exceso. Pero también recibe la influencia de los buenos discursos democráticos,
como son los valores de respeto a la diversidad, las prácticas incluyentes,
las relaciones cooperativas e igualitarias, las opiniones y conocimientos
sobre realidades diversas.
Las niñas y niños escolarizados
deben realizar forzosamente una aculturación respecto de sus familias y grupos
de pertenencia primarios, pues para poder realizar una enseñanza colectiva,
la escuela exige una unificación en el proceso educativo, -aunque se propugne
atención individualizada, adaptación y diversificación-
dada su organización en niveles, ciclos, grupos, aulas y áreas, para
poder llegar a evaluar resultados y clasificar a los individuos, ellas y ellos,
según su nivel de aptitud para futuras especializaciones. Frente a esta obligación
forzada se producen enormes reticencias e incluso resistencias activas por
parte de los propios educandos, chicas y chicos, unidas normalmente a lo que
solemos llamar “fracaso escolar”.
Los años de formación
inicial son cruciales para la construcción de la identidad e influyen enormemente
en el diseño de la propia subjetividad, mediante el ejercicio de la libertad
cuyo ejercicio la escuela reprime fuertemente, en contraposición con
mensajes sociales muy extendidos que abogan o bien por una libertad positiva,
entendida como derecho individual y que requiere de algún deber a cambio (libertad
de expresión, de decisión, de mercado, de elección, de reunión, etc...) o
bien una libertad avasalladora e invasora de la ajena, casi sin límites y
mucho más atractiva para la gente joven, pues no apareja responsabilidad alguna,
pues suele adoptar forma de mensaje narcisista : “haz lo que te plazca”.
Por si todo ello no resultara
de por sí bastante complejo, añadámosle los propios aprendizajes relacionales
que la escuela produce: relaciones todas ellas desiguales aunque, en apariencia,
cuando las edades coinciden, deberían funcionar al menos como relaciones entre
formalmente iguales.
En la escuela actual siempre
hay profesores varones y profesoras, niñas y niños, madres y padres, personal
no docente de ambos sexos. Y, las relaciones cruzadas que surgen siempre padecen
jerarquías de género que no facilitan precisamente la cohesión en el seno
de los llamados grupos de iguales. Las contradicciones son patentes: las mujeres
son las “otras-inferiores” , desviadas de la norma androcéntrica para el patriarcado,
pero los seres humanos diferentes e iguales para la democracia. Los chicos
son los “únicos-superiores para el patriarcado, pero seres humanos diferentes
e iguales para la democracia. La escuela no se salva del fuego cruzado y de
las chispas e incendios que producen estos dos discursos: el uno caduco, pero
que pretende no morir, fuerte, arraigado y superviviente contra toda adversidad;
el otro, que pugna por vivir pero desnutrido, mal pertrechado, inexperto aún,
emergente apenas.
Las niñas, en su conjunto,
tienen la oportunidad de aprovechar el viento a su favor del discurso democrático,
entrando oficialmente en el regazo de la Igualdad. Pero, de hecho y en el
campo de las relaciones de compañerismo, ellas siguen como inmersas en un
tiempo detenido y donde, por el mero hecho de ser mujeres, son conceptualizadas
simbólicamente como pura naturaleza, a través de sus cuerpos sexuales o reproductores
y de la posesión de las virtudes que se suponen y esperan de ellas, como la
simpatía, la docilidad, la amabilidad y dulzura y por otra parte con cierto
desprecio hacia sus cualidades intelectuales, consideradas como irrelevantes,
sobre todo en la relación de “iguales aparentes”, con los otros, con los chicos
y con las chicas.
Esta contradicción, oculta
y no explícita, crea dentro de la escuela malos hábitos de relación y creencias
falsas acerca de las posibilidades de éxito de las niñas y de las adultas.
El éxito, en el medio escolar, debería situarse en correlación con los buenos
resultados y con la participación positiva en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
Sin embargo las niñas perciben alrededor de la pubertad que su éxito va a
ir unido sobre todo a su belleza y en el mejor de los casos a su simpatía,
pero raramente se verá asociado a sus capacidades intelectuales, a sus habilidades
artísticas, a sus destrezas deportivas o a su espíritu emprendedor y creador.
Por eso suelen escoger
estudios y carreras de menor prestigio, dirigidas al trabajo con personas y en sectores peor remunerados
social y económicamente. Aunque hayan tenido excelentes notas en las áreas
científicas, a lo largo de la Educación Secundaria se produce un escoramiento
de las chicas hacia las ramas de letras, humanidades y ciencias sociales,y
en los tramos de Formación Profesional, hacia las especialidades no tecnológicas,
relacionadas con cuidados personales y servicios.
Así se aseguran de algún
modo el éxito. Un éxito que, a todas luces es tradicional y que no requiere
de esfuerzo intelectual ni de habilidad técnica. Simplemente han de ser bellas
e indirectamente pasivas para gustar, seguro, para triunfar entre las demás.
Los chicos tienen un modelo
de éxito tan clásico como el de las chicas, marcado por el mandato patriarcal
de género aun sin saberlo. Ellos triunfan cuando son fuertes, ingeniosos,
deportistas, inteligentes. Aun cuando tengan resultados mediocres en materias
tecnológicas o científicas, se atreven con estas ramas, fiados en que podrán
con todo y que, de este modo, asegurándose el éxito en el campo profesional, asegurarán un triunfo
cierto en el campo relacional: las mejores chicas estarán a su alcance.
¿Cómo se consigue hoy en día la acuñación y la
impronta del mandato y modelo de género en la gente joven, criada dentro del discurso de los derechos de igualdad, incentivada
por la machacona invitación a gozar de su libertad y entrenada en la relación
mixta desde sus primeros años, sin prohibiciones expresas, sin barreras de
admisión, sin obligación insoslayable de contraer matrimonio ni de tener descendencia?
La escuela es un peldaño crucial y una viga maestra
para estos aprendizajes de género. Pero estos están sometidos a múltiples
influencias y flanqueados por los aprendizajes en familia y en la sociedad:
en el mundo laboral, político y mediático. La escuela, sin embargo, tiene
espacios exclusivos y privilegiados: el plan de estudios y el aula. Estos
dos espacios no los comparte con ningún otro ámbito.
El plan de estudios -llamado actualmente currículo- está compuesto de áreas, materias, conceptos,
procedimientos, técnicas y actitudes. Todo esto es lo que se evalúa y, por
tanto, tiene valor. Este currículo se vehicula a través de diversos lenguajes:
verbal, gestual, icónico y audiovisual. Todo esto es lo que se debe aprender
en la escuela. Y se aprende mal que bien. Pero como todo ello padece la epidemia
del androcentrismo, las niñas se educan y forman como seres ausentes y asimilados
a la otra mitad. Los chicos, como siempre nombrados y con capacidad simbólica
para nombrar ellos mismos.
Esta realidad, casi nunca explicitada, crea chicas
y mujeres con baja autoestima y varones con cierta prepotencia. Este es el
resultado lógico de la educación igualitaria no sometida a crítica ni a revisión:
es una educación androcéntrica aplicada también a las niñas. Pero ellas no
cuentan, sólo reciben y asimilan. La baja autoestima es fuente de dependencia
e inseguridad y de una identidad débil dispuesta a ser arrendada a bajo precio.
La baja autoestima también es una gran barrera para la construcción de la
subjetividad, derecho que a veces se depone en beneficio del ajeno.
Las manifestaciones reales de todas estas afirmaciones
las tenemos en numerosos ejemplos: las chicas son presa fácil de daños a su
salud física, psicológica y social. Ya sabemos que son población de riesgo
para enfermedades tales como la anorexia y la bulimia, para embarazos no deseados
o abortos, dependencia y adicción afectiva, candidatas al aislamiento por falta de tiempo libre, sobre
todo si son madres.
La prepotencia masculina es caldo de cultivo
de abusos y agresividad y de una identidad “superiorizada” que acarrea invasión
y negación de lo ajeno. La construcción de
la subjetividad se hace a costa de lo que sea o de quien sea, pues se hace
por contraposición a lo femenino. Ser hombre es simplemente no ser mujer,
por eso les es tan difícil lograr una verdadera cooperación y complicidad
con las chicas, una verdadera solidaridad.
Derivado de este rol masculino de género, los
hombres son candidatos a ser víctimas de acciones de riesgo excesivo y gratuito:
accidentes deportivos, de tráfico, peleas, adicciones, conductas predelictivas
y antisociales, de transgresión de normas. Los modelos iniciáticos perjudican
la construcción libre de una identidad original, despojada de estos componentes
negativos.
Lo negativo de los estereotipos de género, emerge
y se reúne durante la adolescencia, ocultando sin embargo los componentes
positivos de ambos roles, para poder intentar al menos conjugarlos. En la
edad adulta, la mayoría de hombres y mujeres no desarrollan estos estilos
tan exacerbados, negativos y antagónicos, sino que se impregnan de elementos
mixtos, tomados de los dos roles de los géneros. El peligro estriba en quedarse
en el camino y actuar además como clichés perjudiciales que tiran de otras
y otros.
Ni la baja autoestima ni la prepotencia son deseables.
Son dos características patriarcales complementarias grabadas a sangre y fuego
sobre muchos espíritus de chicas y chicos, asegurándose con ello la continuidad.
Por eso no cambian las cosas cuando ya han cambiado las bases jurídicas y
las costumbres.
Tampoco es cuerdo que las mujeres tiendan a la
prepotencia para salir de su baja autoestima, pero tampoco curaremos la prepotencia
masculina con píldoras de baja autoestima, pues éstas dos “virtudes” son castrantes
en sí mismas e impiden cooperar en un plano equivalente.
Así se crían ellas y ellos. Las leyes
del mercado y la publicidad no hacen más que reforzar estas características
diferenciales, bajo un barniz de narcisismo y mensajes de libertad de elección,
muy atractivos a estas edades: las modas, el consumo, los modelos de fama
y éxito no son precisamente unisex, sino que tienen marcas hipertrofiadas
de género a las que se adscriben con gusto chicas y chicos.
Así se forman ellos y ellas. Los conocimientos y los lenguajes invisibilizan
y no mencionan adecuadamente a las mujeres y por tanto ellas se hallan subrepresentadas
en general y sobrerepresentadas en todo lo referente a labores domésticas,
afectivas y de cuidados personales, estéticos e higiénicos. Faltas están de
referentes culturales propios, variados, innovadores, interesantes.
Así se educan ellas y ellos. En sus grupos familiares se establecen relaciones
primarias muy estereotipadas aún. Aprenden por imitación la división sexual
del trabajo. Ellas optarán por la doble jornada para tener al menos la posibilidad
de una economía propia, pero a costa del tiempo para ellas mismas, de ocio
y de descanso. Ellos aprenden también que se dedicarán a lo que les guste
o a cualquier cosa, invirtiendo todo el tiempo que quieran en ello. Única
jornada que, a veces, puede ser larguísima, pero que les exime de la otra
jornada, de cuidados y tareas domésticas.
Y... así funcionan ellos y ellas. A pesar de la enseñanza mixta y obligatoria,
de la obtención y el ejercicio de los derechos individuales, de la capacidad
de controlar la reproducción y las elecciones sexuales, a pesar de todos estos
rasgosde modernidad, las chicas y los chicos, hombres y mujeres actuales,
siguen ocupando en gran parte espacios de poder o de no poder, trabajo y recompensas
por el mismo, segregados por sexo.
Las desigualdades durante el período de la infancia
y la adolescencia no nos preocuparían si luego se neutralizaran gracias a
las ayudas externas de los buenos discursos. Pero no es así: el reparto de
la riqueza, los trabajos y tareas, los espacios de poder, las remuneraciones,
siguen estando fuertemente segregados. Los intentos de trascenderlos son escasos,
ineficaces y lentos. Los modelos nuevos no proliferan y continuamos con el
ancla bien hundida en las profundidades.
Por todo ello nos vemos en la necesidad de ir
a las raíces, de buscar las causas, de desvelar los componentes ocultos, para
intentar identificarlos y someterlos a corrección.
DESTRIPANDO AL PATRIARCADO
Las manifestaciones cerriles del patriarcado
duro parece que se han paliado en los tiempos actuales. El patriarcado en estado puro sólo lo podemos contemplar
en las sociedades fundamentalistas. Estas situaciones nos sirven de espejo
y a la vez de recuerdo y de modelo explicativo para comprender de dónde venimos
cultural y simbólicamente. Así podemos reconocer sus secuelas y quizás, comprender
y descubrir las principales barreras que impiden la evolución en consonancia
con los principios de la organización moderna de la vida. El androcentrismo
produce ocultación e invisibilidad de la mitad del mundo y no deja a las mujeres
reconocerse como seres humanos completos y universales.
Pero el androcentrismo imperante es la
principal barrera para la evolución de los papeles de género, la eliminación
de la división sexual del trabajo, las discriminaciones sexistas, la misoginia
generalizada y la violencia patriarcal contra las mujeres.
También es padre y fuente de conservación de
las perversiones patriarcales, cuales son la misoginia y el sexismo y un obstáculo
muy elevado para superar las desigualdades discriminatorias. Pero el androcentrismo
es un caballero: no levanta la voz, cumple sus promesas, llega puntual, es
leal a sus orígenes y guardián de las costumbres.
El sexismo goza de buena salud y sigue engordando a plena luz del día. Pero puede
disimularse. Se disfraza e invisibiliza, se le resta importancia, no se trabaja
bastante por su desaparición, no se le asimila con el autoritarismo elitista
y se le deja convivir tranquilamente con la democracia. Pero el sexismo la
acosa, la socava, la traiciona, porque
contradice lo que ésta preconiza. El sexismo confunde porque produce ambigüedad,
nunca se sabe si está o no está, si saldrá o no saldrá, si atacará porque
se merece o no. El sexismo crea una sensación de inseguridad y una falta de
claridad efectiva en la construcción de la subjetividad femenina.
El sexismo es una forma activa y particular de discriminación, frente al androcentrismo,
que representa una fórmula pasiva por ocultación. En este momento el sexismo
sí es visible y está conceptualizado como injusto y reprobable, frente al
androcentrismo que aún aparece como inocente, poco hábil o incluso despistado.
Pero el androcentrismo no es ingenuo, sino que
se resiste a desaparecer y se embosca. Tenemos que repasar uno a uno todos
los rincones e iluminar todos los caminos, porque de lo contrario pervivirá
refugiándose en los discursos oficiales y en los saberes generalizados. Y
las mujeres continuarán enajenadas de su propia casa, en la pretendida casa
común de todo el género humano.
El androcentrismo ha de ser desenmascarado y
sus hijos y hermanos señalados, desvelándolo sistemáticamente, al aplicarle
unas prácticas preguntas cada vez que sospechemos de su existencia o aparición:
“¿Y las mujeres también?”, “¿Y las mujeres igual?”.
Actualmente parece que la misoginia auténtica
no está en pleno esplendor. Quizás persiste y resiste y por tanto, subsiste
y la podemos reconocer en actos de verdadera animadversión contra las mujeres
en su conjunto. ¿por qué si no, se exige de ellas que trabajen lo mismo o
más y cobren menos por ello? ¿Por qué si no se les pide que frente a una violación
justifiquen que no la provocaron? ¿Por qué sino se supone de ellas que nunca
están cansadas para iniciar o continuar las tareas hogareñas? ¿Por qué si
no se les niega la representación paritaria en cargos y empleos? Durante el período educativo, lasniñas actuales
y modernas no suelen padecer la misoginia y si se produce contra ellas la
pueden denunciar si es que llegan a
reconocerla sin que les parezca disculpable o normal. No se manifiesta con
claridad. No aprenden a identificarla. Seguramente se le llama de otro modo,
se dan explicaciones superficiales para fenómenos profundos o se personaliza
en exceso. Se puede declarar que una ministra es poco hábil y acusarla de
incompetente por unas declaraciones que, realizadas por un ministro hubieran
incluso resultado admirables, originales o curiosas. Se puede decir de una
mujer recién violada que vestía de forma provocativa, que estaba en un lugar
inadecuado y disculpar al violador porque estaba enajenado o loco de pasión,
etc...
La misoginia cultiva el desprecio y el menosprecio
y con ello la identificación con lo inferior, carente o defectuoso.
LAS ALIANZAS INTRA-GÉNERO O
EL PACTO SÓRICO
Para deshacer desigualdades impuestas, entre
nosotras y respecto a los varones y para empoderarnos, reconocernos y conseguir
autoridad e influencia, tendremos que seguir varias estrategias, todas ellas
innovadoras, también y en cierto modo subversivas y desde luego, trasgresoras
respecto a la ley del padre-padrón, símbolo del poder patriarcal.
Las mujeres modernas actuales nos sabemos tan
iguales como diversas y diferentes entre nosotras y respecto de los varones.
Pero también reconocemos en gran parte la marce de nuestra identidad de género.
Impuesta o elegida, tiene componentes estereotipados, de sentido único, difícil
de transformar con éxito y sin elevado coste.
Las complicidades y alianzas entre mujeres, la
solidaridad o hermandad, en suma, lo que podríamos llamar hoy en día “sororidad”
(que yo prefiero llamar “soridad”, para evitar la redundancia silábica)
es una difícil tarea por dos razones primordiales: porque significa en sí
misma la transgresión del mandato patriarcal femenino de la rivalidad y porque
no tenemos experiencia ni entrenamiento al respecto.
Vivimos más holgadamente comparándonos y midiéndonos
entre nosotras o bien pasándonos a la otra orilla y haciéndonos cargo
de lo que concierne a cualquier otra de nosotras. Las mujeres trabajamos
juntas no sin traumas, o bien deseamos trabajar con aquellas con quienes tenemos
sellado un pacto de fidelidad absoluta y de cariño sin límites, en suma: con
las rivales o con las amigas-alter ego, pero difícilmente nos relacionamos
en el ámbito cívico-ocupacional con nuestras semejantes, equivalentes, iguales,
con reciprocidad y sentido de la justicia.
Otra estrategia de evolución es no colaborar
con el enemigo, no reírle las gracias, no apoyar sus injustas acciones, no
perdonarle cualquier cosa, no buscar su protección, no exculparle, no desear
su patrocinio y beneplácito. Y, ¿cómo sabemos quién es el enemigo? Pues toda
persona que pretenda aprovechar las migajas
del patriarcado, ayudando a su reconstrucción y afianzamiento. Para ello habremos
de despegarnos del mandato que nos adjudica a las mujeres la empatía con cualquiera
y nos hace sufrir y compadecernos de cualquiera.
Otro de los retos es la construcción de nuevos
modelos de mujeres: mixtos, positivos, creativos, de los que tenemos pocos
rastros: por eso justamente es por lo que significa un reto. Actualmente no
es fácil para laschicas mirarse en modelos de mujeres interesantes, polivalentes
y autónomas. Los modelos que se les ofrecen no responden sino a patrones estereotipados
y clásicos aunque disfrazados con un barniz rompedor: Barbies, Víctimas, Lolitas,
Misses, Amantes, Cotillas, prototipos
divulgados hasta la saciedad, que paralizan a las chicas para innovar e innovarse
ellas mismas arriesgando -un poco al menos- la comodidad del mimetismo.
Algo a tener en cuenta asimismo es apartarse
de los extremismos duales a los que el patriarcado nos aboca: Angel o Demonio;
Perversa o Víctima; Débil o Bruja; Lagarta o Seducida. Tenemos que procurar
quedarnos en puntos diversos del camino, para que no se sepa dónde estamos
y romper así la previsión para nuestras acciones. Hay que aprender de todo. Nadie puede
aventurarse a decirnos lo que nos gusta y lo que nos debe gustar (como
hace, por cierto una empresa de enseñanza a distancia), nadie debe suponer
que vamos a elegir o saber algo sin haberlo elegido o sin saberlo, sólo por
ser mujeres.
Bien difícil es este proyecto y además exige
una tarea urgente para que podamos dejar una herencia positiva y diferente
a las nuevas generaciones, para que no tengan que pagar excesiva plus-valía.
No podemos demorarnos más. Las mujeres más jóvenes han de aprender la soridad
y saber que es y será tan fuerte como la fraternidad lo ha sido a lo largo
de los siglos para los hombres: capaz de realizar vindicación colectiva, de
conseguir la luna, de abolir privilegios, de obtener derechos, ciudadanía,
nombre, libertad.
El principal inconveniente para la construcción
práctica y política de la soridad es
que hay que inventarla, experimentarla y mejorar sus primeras experiencias
contando con los varones, en su presencia y con su colaboración, sorteando
su boicot, sabiendo que no son muy propicios a reconocerla y a aceptarla al
argumentar que la fraternidad ya nos alcanza a las mujeres como seres humanos.
Pero sabemos que la fraternidad se construyó históricamente a espaldas y en
contra de todas las mujeres y de los varones no dominantes de cada sociedad, excluyéndolas
y manteniéndolas apartadas en el silencio de la ignorancia y la desautorización,
incluso comerciando y transando con ellas. Y aun con estas exclusiones, tampoco
fue fácil construir la fraternidad.
La soridad ha de darse entre hijas, madres, abuelas,
compañeras, colegas, jefas, subordinadas, políticas, votantes, técnicas, usuarias,
ciudadanas, siervas, juezas, reas, prostitutas, policías, denunciantes, artistas,
espectadoras.... La soridad es el pacto básico de reconocimiento entre iguales-diferentes,
en que se identifica el origen y se encuentra el mínimo común, aquello que
nos hace pasar de hembras a mujeres, aquellas exigencias excesivas o absurdas
para nuestros deseos personales de mujer singular.
PROFESORAS Y ALUMNAS
Muchas profesoras de la enseñanza pública, las
más, representan, sólo en apariencia, el modelo moderno a seguir por las alumnas:
después de obtener su titulación y obtener su puesto por oposición, realizan
un trabajo remunerado, tienen muchas vacaciones y una jornada presencial corta,
pueden atender a sus familias y disfrutan de vacaciones. Casi siempre pueden
aspirar a un puesto no lejos de su domicilio y, en cualquier caso no las pueden
trasladar sin su consentimiento. Su empleo y su sueldo no peligran aunque
sean madres, tengan que cuidar de sus mayores o padezcan alguna dolencia que
las tenga de baja largas temporadas. Además realizan una tarea de influencia
social y están en contacto con las nuevas generaciones. Realizan cursos
de puesta al día, pueden aprender nuevas teorías y tecnologías y relacionarse
“como iguales” con colegas de cierto nivel.
¿Es éste el modelo ideal de conciliación de la
vida laboral y familiar, al que pueden aspirar la mayoría de chicas en este
momento? El gran número de profesoras ha hecho cambiar en algo los roles de
género en su entorno y dentro de ellas mismas? ¿De verdad eligen el empleo de sus tiempos y el uso de sus espacios? ¿Promocionan
en sus carreras? ¿consiguen prestigio? ¿Son miradas como mujeres modernas,
con un proyecto de vida elegido como propio,
con autoridad e influencia, como verdaderas maestras?
Estas preguntas enfáticas nos desvelan la realidad
de las profesoras, ejemplo de profesionales cualificadas, desempoderadas en
sus propios ámbitos de actuación: el cívico-ocupacional y el relacional-familiar.
Las profesoras son el ejemplo vivo de la doble jornada, ejemplo durísimo para
sus hijas, que se agotan sólo de verlas e intentan despegarse de semejante
estigma de perfeccionismo y excelencia: las mejores madres, maestras y esposas,
sufriendo por ello doble castigo, dobleando sus tiempos, estando bajo la doble
moral, haciendo de colchón para el despegue y el apoyo de todo su grupo familiar
y relacional. El desdoblamiento por excelencia: ¿deseable? ¿imitable?
Un gran número de profesoras no coeducan activamente,
no aplican la acción positiva, son especialmente exigentes con las niñas,
no las promocionan, las utilizan como barreras y cortafuegos contra las explosiones
de violencia, no sororizan con ellas. Las profesoras no discriminan -dicen ellas-
y como no discriminan no distinguen ni se distinguen. No identifican
su origen de género y por eso no lo desmontan frente a sus alumnas. No someten
a crítica su situación ni la de las alumnas. Las profesoras atienden más las
exigencias de los varones de la escuela: alumnos y profesores, padecen faltas
de respeto y sufren depresiones o estrés; sin embargo reproducen pasivamente
el sistema, se resisten a mandar, a representar y a representarse, a plasmar
por escrito sus logros y sus ideas, a actuar de portavoces.
Pero también existe una minoría de profesoras
que no colaboran con el sistema sin criticarlo y pretenden en consonancia
cambiar el currículo y las formas, lenguajes y jerarquías. Y, predican en
el desierto, sin reconocimiento ni apoyo, sin autoridad propia ni delegada.
Pero son la sal de la Tierra educativa y gracias a ellas la escuela contiene
todavía algún rasgo de innovación, pues participan masivamente en iniciativas
de intercambio, investigación, formación o búsqueda de otros caminos epistemológicos
o pedagógicos.
La mayoría de alumnas jóvenes participan poco
en clase pero no paran de hablar en voz baja, en las aulas, los pasillos,
los descansos. Tienen buenos o aceptables resultados, ayudan a compañeros,
se resisten a los esfuerzos físicos, ocupan pocos espacios y consumen pocos
tiempos, no suelen ser expulsadas de las clases ni de los centros, no protagonizan
acciones violentas salvo cuando hay un chico en medio de dos, en esos casos
protagonizan peleas de gallinas airadas por los celos y las venganzas. En
caso de fallar, se reconducen con cierta facilidad, sueñan con historias perfectas
de amor romántico, no piensan ser madres enseguida, eligen especialidades
feminizadas, aspiran a un empleo digno y sin excesivas exigencias, acceden
a las urgencias sexuales de sus parejas hombres, se fijan en la ropa y desean
vestir marcas y modelos uniformizantes, envidiando los cuerpos famélicos de
las modelos, pero no hacen mucho deporte y no tienen muchas ganas de realizar
tareas domésticas, de modo que liberan tiempo para salidas y ayudan un poco
en casa. Sí que saben que los estudios
les ayudarán a ser independientes y saben también que son sujetos de derechos,
aunque no sepan descifrar muy bien lo que ello significa y las consecuencias
que esta circunstancia tiene en sus
vidas.
Casi todas las alumnas han aprendido en la escuela
que son el segundo sexo y a ello se
resignan para no entrar en competición con los chicos ni en conflicto dentro
del seno familiar.
Una minoría de chicas está buscando activamente
modelos alternativos, pero son pocas, desasistidas por sus semejantes, chicas
y chicos, y con escasos cuadernos de bitácora de sus antecesoras. La mayoría
de sus profesoras y de sus madres no tienen conciencia de que ya abrieron
un camino y, sobre todo, han dejado poca huella escrita o documental. Por
eso estas jóvenes tienen bien complicado el camino: tendrán que recorrer el
itinerario sin mapas, hitos ni referencias aparentes, tendrán que buscar el
tesoro sin pistas, pero a buen seguro que el encontrarlo marcará una época
y hará cambiar las cosas para mejor.
LAS MUJERES PUEDEN, SABEN Y
QUIEREN, ¿DEBEN?
Estamos en la puerta principal de acceso al
mundo: algunas a entraron, otras hacen cola, algyunas otras esperan
más lejos, con paciencia, otras se desesperan para encontrar un sitio más
adelante, otras desisten. Y, ¿qué nos encontramos?: Un mundo muy mundial
que se alza ante nosotras, pero al mismo tiempo a nuestras espaldas y sin
contar con nosotras, ni para lo bueno ni para lo malo.
¿Dónde estamos en estas guerras de machos cabríos,
expuestos en el escaparate mediático, plenas de venganzas, odios y negación
del otro? ¿Dónde estamos en las cúpulas religiosas que rigen destinos desgraciados
de los pueblos? ¿Dónde nos hallamos en el concierto de las decisiones económicas?
Ni para bien ni para mal tenemos reconocido el empoderamiento, la sabiduría
o la voluntad para actuar. Y, nosotras nos preguntamos: ¿Debemos tener todo
esto? ¿Es mejor o pero para cada una y para todas? ¿Debemos inventar nuevas
formas? ¿Hacer tabula rasa? ¿Debemos cooperar, copiar, inmiscuirnos, espiar,
vigilar, robar y repartirnos el botín?
En la puerta principal de acceso al mundo se
arremolinan las que tienen la llave de su metro cuadrado, compartido con los
“suyos”. Eso no es el mundo. Sólo es el hogar. Por eso no existe la palabra
“matria”, como espacio y lugar de nacimiento y crianza, reproducción y habitación.
Pero ¿debemos entrar al mundo, a ese mundo universal -es decir, de los hombres- para allí empoderarnos, aprender sus saberes,
habilidades y destrezas y entusiasmarnos con los nuevos atributos?
Esta es la invitación que se está haciendo alas
chicas: que se despeguen de la soridad básica con la madre y confraternicen
con el padre-padrone, que se hagan travestís del género, becarias desclasadas,
abejas reina, rivales de las que no puedan entrar a tiempo, llegar y mantenerse
en la cresta de la ola.
Algunas nunca podrán, querrán, sabrán. Así es
que esta actitud es soricida y a la larga nos desempodera y nos anula a todas,
nos deja fuera de juego.
¿Denbemos entregar a alguna de nosotras a los
marchantes, como en su tiempo hicieron algunos africanos con sus iguales, a los que condenaban a la esclavitud
para ellos lucrarse en complicidad con el oponente? ¿Debemos sacrificar a
alguna de nosotras para aplacar a los dioses? Hacer de mediadoras entre el
fundamento patriarcal y las mujeres enriquece a tan pocas -élites camufladas y engañosas- que las más no debemos embaucarnos con ello
bajo la promesa de mejora. Como ser hombre es “mejor” que ser mujer, vamos
a ser como ellos. Y, ¿a quién se le permite, y cuántas lo alcanzan? Lo peor
es que se crea un espejismo de peligrosa competición: “si no llego soy peor
que las que han llegado”, “como yo he llegado, soy mejor que las que no llegan”
Angustia y jerarquía, dos consecuencias nada deseables, paralizantes.
Entonces el deber ser sórico, para la existencia
y el respeto ¿en qué consiste?
El bagaje cultural de las mujeres como género
es importante y necesario para nosotras y por tanto, para la humanidad en
su conjunto: ser dadoras, mediadoras y cuidadoras de la vida garantiza la
supervivencia de la especie; ocuprse de la higiene, alimentación, vivienda,
vestimenta,salud y relaciones, asegura la pervivencia del ecosistema humano;
escuchar, intimar, apoyar, curar, reparar, enseñar y guiar hace posible la
calidad de vida.
Las mujeres, dado su rol de género, son en estos
momentos la mejor esperanza de sostenimiento y mejora de los recursos a nivel
mundial . Nosotras debemos cambiar tiempos, inversiones, espacios, decisiones,
el arte, la cultura, la ciencia. Simplemente con nuestra presencia masiva,
nuestra voz, voluntad, influencia y empuje. Este sería nuestro nuevo deber
ser, no el patriarcal, sino el sórico y solidario.
ORIENTANDO EL DEVENIR Y EL PORVENIR
Y, ahora podemos preguntarnos ¿Qué tiene todo
esto que ver con el currículo?
Siempre se aprende en relación y si las relaciones
hombres-mujeres están impregnadas de jerarquía y dualidad, los conocimientos
también lo estarán y entonces servirán poco a las mujeres para cambiar el
rumbo de la historia. Si las relaciones mujeres-mujeres están faltas de empoderamiento,
los saberes también lo estarán y mal podrán abrir amplios y positivos caminos.
Esto es precisamente lo que está ocurriendo.
Las chicas estudian y lo hacen bien, se titulan y especializan, pero el mundo suigue dividido entre las cuestiones
importantes, universales -que son androcéntricas-
y las cosas de las mujeres, que sólo deben interesarles a ellas.
Aquí reside una de las barreras para que los
conocimientos cambien. Hay multitud de trabajos, investigaciones, estudios,
experiencias, propuestas y hallazgos producidos por mujeres de toda clase,
origen y condición a lo largo y ancho del mundo. Pero no trascienden más allá
del propio mundo femenino y no hacen cambiar los conocimientos oficiales.
Es como si todo un corpus teórico-práctico
fuera despreciado por elmero hecho de su procedencia: como está liderado por
mujeres, para mejorar la vida de ellas en primer lugar, pero también la vida
común y colectiva, lo dejamos de lado y a lo sumo lo pondremos en la agenda
para el día 8 de marzo, o para el próximo ejercicio, o para la edición del
año que viene, que siempre está en camino y nunca llega.
Es muy conveniente que realicemos aquí un pequeño
listado de todos estos conocimientos, para ayudar a la memoria y aclarar bien
la situación.
Las mujeres han propuesto, estudiado y practicado
los minicréditos para salir de la miseria, la banca solidaria, el comercio
justo y la conservación de la artesanía, el lenguaje no sexista, la recuperación
de las mujeres de la historia, la literatura, el arte y la ciencia, la vindicación
de espacios para el saber y el hacer alternativo, la crítica y la revisión
de la economía sesgada, la paridad en la política, el cambio en el uso de
los tiempos, la coeducación activa, el cuidado personalizado y la educación
para la salud y el bienestar, la reestructuración de los espacios urbanos.
Y... Cuántas cosas más que podríamos enumerar. Pero todo ello encuentra enormes
dificultades para convertirse en patrimonio de la humanidad. ¿Quizás porque
“Patri”-monio excluye la significación de la mujer, que sólo cobra su valor
en el “Matri”-monio? ¿Hemos pensado alguna vez en la enorme disimetría que
existe entre los significados de estos dos términos?
Como este fenómeno -la exclusión o escasa consideración de los
estudios feministas, de género y de las mujeres- está generalizado, todas estas novedades -que, a veces suponen un giro copernicano en
el planteamiento de algunas cuestiones- se
van introduciendo y extendiendo con mucha lentitud. A título de ejemplo: ¿Por
quéseguimos diciendo y enseñando que la humanidad fue en sus comienzos cazadora
y depredadora, si ya se sabe con certeza que mujeres, niñas y niños recogían
frutos y semillas, que servían como dieta principal y que de ahí surgió luego
la agricultura? ¿Por qué se sigue hablando de lasfechas de obtención del sufragio
universal, como si hubiera alcanzado a todas las personas de todos los pueblos
del planeta al mismo tiempo? ¿Por qué aceptamos que la vida moderna es muy
competitiva si, en realidad, la mayoría de quienes compiten en todas las canchas
son varones?
Todos los estudios no pretenden sino actuar de
contrapunto para acabar neutralizando y borrando el androcentrismo. Pero ya
hemos dicho que el androcentrismo se resiste y se queda encolado a su trono,
sin moverse, por si acaso alguien intentara invadir su espacio de prevalencia.
El currículo está, por tanto, tocado de incompletud
y de partidismo: el currículo formal o plan de estudios y el currículo oculto
o conjunto de costumbres, modos. Creencias, formas de trato, símbolos, relaciones,
etc... dentro de las cuales se efectúan los aprendizajes. Estos aprendizajes
están desequilibrados y no contribuyen sino sa perpetuar las consideraciones
desiguales, a hacer ver todo ello como permanente, natural y universal, a
impermeabilizar y jerarquizar los mundos de lo llamado público y de lo llamdo
privado como propio de hombres y mujeres. En suma: a impedir la corresponsabilidad
en todos los aspectos y ámbitos, a perpetuar las diferencias discriminatorias
y a no dejar prosperar las democracias.
¿No es ésta una cuestión grave y urgente como
reto para el nuevo siglo? Mientras tanto el dragón patriarcal utiliza a sus
hijos varones para dar sus últimos coletazos, prometiéndoles el paraíso y
haciéndoles creer que ya en este mundo serán casi como dioses: guerras sin
cuartel, maltrato y descuido dela vida humana, violencia contra las mujeres,
que se hallas tan “ocupadas”, como para no poder “ocuparse” ni de ellas mismas
ni de las cosas importantes: la cultura y el arte, la paz, la planificación
económica, las relaciones entre los pueblos del mundo, las técnicas y las
industrias.
LOS CHICOS SE PIERDEN
La convivencia y las relaciones parecen ser cosas
de mujeres. Los chicos en su conjunto viven ajenos al mundo de las habilidades
expresivas. No dan importancia al cuidado, al esmero, a la empatía. No suelen
trabajar sus sentimientos y no manejan sus emociones de forma adecuada
para no dañarse ni dañar. Le conceden mucha más energía
y tiempo a las relaciones cómplices de “compadreo”, superficiales y exigentes
con una serie de rituales. Los chicos
se pierden también en un falso universalismo del que todavía no saben destilar
su identidad masculina. De momento esta identidad se construye por referencia
a lo “no femenino”. De este modo está siendo muy dificultosa la deconstrucción
de los pilares patriarcales, puesto que los varones se aferran a una superioridad
supuesta, que les aparta de lo adjudicado a las mujeres: el cuidado y la calidad
de la vida, el apoyo emocional y moral.
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